Vol. 4 Nº 2, mayo - agosto 2005, ISSN 1690-0723



Artículo: "Patrimonio y creacion"
por Sinesio López Jiménez

 

Sinesio López Jiménez
Director Biblioteca Nacional de Perú
 

Libros, autores y lectores

Contrariamente a lo que la gente piensa, las bibliotecas nacionales y las grandes bibliotecas públicas no son inmensos cementerios de libros, sino buyentes repositorios de ideas vivas que han logrado sobrevivir a sus autores y a sus lectores. George Steiner tiene razón, por eso, cuando escribe: “La vida del lector se cuenta en horas; la del libro, en milenios. Este es el primer escándalo triunfal proclamado por Píndaro: “Cuando la ciudad que celebro haya muerto, cuando los hombres a quienes canto se hayan desvanecido en el olvido, mis palabras perdurarán” ... “El mármol –escribe Steiner- se rompe en pedazos, el bronce se deteriora, pero la palabra escrita –aparentemente el más frágil de los medios- sobrevive. Las palabras sobreviven a quienes las engendraron. Flaubert se quejaba de esta paradoja: mientras él moría como un perro sobre la cama, esa zorra de Emma Bovary, su criatura, nacida de unas letras sin vida garabateadas en una hoja de papel, continuaba viva. Hasta ahora sólo los libros han escapado a la muerte y han conseguido lo que Paul Eluard definió como la principal compulsión del artista: le dur desir de durer”.

Recogiendo algunas ideas de Bourdieu, recientemente fallecido, los sociólogos estamos tentados de definir una biblioteca como un capital cultural muerto al que los lectores resucitan cuando abren y leen los libros que ella alberga. Eso es así porque la lectura es acción, como el mismo Steiner lo ha subrayado: leer es contestar al texto, es embarcarse en un intercambio total. Y leer bien es ser leídos por los que leemos.

Un testimonio fehaciente de lecturas bien hechas y de intercambios totales entre el lector y los autores lo encontramos en las primeras Crónicas que alberga la Biblioteca Nacional del Perú y que están llenas de anotaciones hechas por el Inca Gracilazo. Esas anotaciones son, en realidad, diálogos sostenidos entre Garcilaso y sus primeros colegas. Esas notas al margen constituyen, en realidad, el embrión de una nueva crónica. El buen lector es justamente aquel que, al leer un libro, responde con otro. Todo esto se produce dentro del esquema que Steiner llama la lectura clásica del libro en la que se desarrolla un acercamiento ceremonioso del lector con el libro, se asume y autoproclama la contingencia del lector y del autor frente a la larga duración del texto, se reconoce la autoridad del libro y se considera que el diálogo entre el lector y el libro requiere un silencio monacal.

Este esquema clásico de la lectura no ha desaparecido del todo pero ha sido destronado por la lectura informal. La sociedad actual ha roto el monopolio del libro en la comunicación de las ideas y de las informaciones y ha dado origen o ha fortalecido otros medios, particularmente los medios de comunicación masiva. Los autores actuales buscan perdurar pero se inhiben de proclamar la inmortalidad de sus obras. La fama ha dejado de ser el camino a la eternidad. Los lectores actuales desarrollan un cierto escepticismo, establecen una relación más horizontal con el libro y relativizan la idea según la cual las obras sobreviven a su propia vida. Los lectores actuales ya no necesitan el silencio monacal sino que pueden entrar en relación con los libros tolerando la música y los ruidos que la sociedad actual produce.

Las grandes bibliotecas del mundo y las bibliotecas nacionales de América Latina nacieron al calor del esquema de la lectura clásica. Los próceres y los mismos gestores de la independencia latinoamericana confiaron en los libros y creyeron firmemente que las ideas que ellos contenían orientaban su acción. Por eso la emergencia de las nuevas naciones de América Latina estuvo acompañada por la creación de las Bibliotecas Nacionales. Las naciones y las bibliotecas nacionales se acompañaron en las buenas y en las malas porque compartieron un mismo espíritu y una misma historia.

Los libros abren el camino al cambio de las sociedades

El libro ha desempeñado un papel fundamental en el cambio de las sociedades tradicionales y modernas. Detrás de un gran cambio, hay un gran libro o, mejor aún, varios grandes libros. El ingreso del mundo Occidental a la modernidad no puede explicarse sin El discurso del Método y las Meditaciones metafísicas de Descartes, sin el Novum Organum Scientiarum de Bacon, sin Astronomia Nova de Kepler, sin los Dialoghi de Galileo Galilei, sin Revolutionibus orbium coelestium libri VI de Nicolás Copérnico, sin De la autoridad temporal y en qué medida se le debe obediencia de Lutero, sin Defensor Pacis de Marsilio de Padua, sin Los seis Libros de la República de Bodino y sin El Príncipe de Maquiavelo. Las revoluciones inglesa de 1648, la francesa de 1789 y la rusa de 1917, para citar sólo los casos clásicos, no se habrían llevado a cabo sin los libros. Los libros fueron las fuentes y los orígenes intelectuales de estas grandes revoluciones modernas. Es cierto que ellos no las produjeron, pero sí las inspiraron. En Les Origines intellectuelles de la Revolution francaise, Daniel Mornet indica que “si el antiguo régimen sólo hubiera estado amenazado por ideas, no habría corrido riesgo alguno. Para que las ideas fermentasen eran necesarios la pobreza de las clase populares y el malestar político, aunque fueron las ideas las que pusieron a los hombres en movimiento”. Los libros fueron el combustible que puso en marcha la locomotora de la revolución moderna. La batalla de las clases y las élites sociales fue precedida por la batalla de los libros antiguos y modernos. Los primeros afirmaban que era imposible profundizar la sabiduría clásica y los segundos sostenían que el conocimiento era acumulativo. En esta crucial batalla libresca, los modernos salieron victoriosos a mediados del siglo XVII en el caso inglés, a mediados del siglo XVIII en el caso francés y hacia finales del siglo XIX en el caso ruso.

Las formas de movimiento de las ideas fueron diferentes en cada caso. En el caso inglés, el impulso vino de abajo, de los nuevos grupos sociales (los artesanos, los tejedores, los marinos, etc) que emergieron en medio del mundo feudal y que, ante la incapacidad de las viejas instituciones (la Iglesia, las Universidades de Oxford y Cambridge) para dar un sentido a sus vidas, organizaron la Universidad de Gresham que produjo sus propios intelectuales y que dio origen a una gran revolución científica que precedió a la Revolución de Cronwell en 1648 y a la Revolución Sensata de 1688. Los prohombres que sistematizaron los avances de esta revolución científica fueron Bacon en el campo de la ciencia y la filosofía, Walter Ralegh en el campo de la historia y la política y David Cook en el campo del derecho. En el caso francés, la inspiración vino de arriba, de las élites sociales e intelectuales que se enfrentaron al catolicismo conservador y a la monarquía absoluta. Muchos de ellos publicaron sus libros fuera de Francia, en donde la persecución contra las ideas modernas era feroz. Uno de los principales rubros de contrabando entre Francia e Inglaterra eran los libros escritos en forma anónima por algunos filósofos franceses. La primera edición de El Espíritu de las Leyes (de Montesquieu) apareció en Inglaterra en forma anónima. Los filósofos hicieron triunfar la razón y la crítica sobre la revelación y la fe, primero, en la Enciclopedia, en obras anónimas, en libelos clandestinos y, luego, las filtraron hacia abajo a través de los diarios, en las escuelas y en los cafés. En el caso ruso, la intelligentsia, una palabra rusa inventada en el siglo XIX, aparece en la que Pavel Annenkov llamó la “década notable” (1838-1848). La principal contribución de estos autores radica en el hecho de que ellos pusieron en movimiento ideas destinadas a surtir efectos cataclísmicos no sólo en Rusia, sino mucho más allá de sus fronteras. Resulta difícil, según Berlin, “imaginar que la literatura rusa de mediados del siglo y, en particular, las grandes novelas rusas hubiesen podido brotar sin la atmósfera específica que estos hombres crearon y fomentaron. Las obras de Turgueniev, Tolstoi, Goncharov, Dostoievski, y también los novelistas menores, están imbuidas por un sentimiento de su propio tiempo. A finales del siglo XIX suman los destacados intelectuales marxistas legales y revolucionarios que procedían principalmente de las clases medias.

El tránsito de la modernidad a la posmodernidad fue inspirada y animada por el debate filosófico entre los modernos, los posmodernos y los neomodernos así como por la revolución científica y tecnológica, especialmente por la revolución tecnotrónica. El muro de Berlín fue derivado por las nuevas ideas que provenían de la ciencia, la técnica y la política (la democracia). La Unión Soviética y el comunismo no fueron derrotados en los campos de batalla sino en los laboratorios y en los gabinetes de investigación. Más aún, lo que Manuel Castells ha llamado la Galaxia internet, que organiza la vida posmoderna, no se puede explicar sin “la insólita encrucijada entre la gran ciencia, la investigación militar y cultura de la libertad. Las grandes universidades investigadoras y los think-tanks especializados en temas de defensa constituyeron puntos de encuentro fundamentales entre estas tres fuentes de Internet” . Este ha dado origen a la denominada cultura de Internet que “se caracteriza por tener una estructura en cuatro estratos superpuestos: La cultura tecnomeritocrática, la cultura hacker, la cultura comunitaria virtual y la cultura emprendedora. Juntos contribuyen a una ideología de la libertad muy generalizada en el mundo del Internet”.

Los escenarios de estos grandes cambios han sido casi siempre los países del Norte dando origen a brechas científicas, tecnológicas, económicas, sociales, políticas y culturales con los países del Sur. Las élites de estos países no se han preocupado en cerrar esas brechas estimulando el desarrollo de la ciencia, el arte y la cultura. Sus comportamientos, actitudes y políticas los muestran más bien interesados en mantenerlas y profundizarlas.

Ronald Inglehart, uno de los investigadores más importantes de la cultura política contemporánea, ha señalado que en la década del 70 del siglo pasado se produjo una nueva brecha, esta vez de carácter cultural, entre los países del Norte y los países del Sur: la existencia de diversos tipos de valores culturales entre ellos. Estos valores diferentes y hasta contrapuestos han dado un sentido diferente a sus vidas y los han impulsado a realizar diversas formas de acción para acceder a ellos. Mientras los ciudadanos del norte comenzaron a demandar desde entonces un conjunto de valores postmaterialistas, los del sur continuaron exigiendo un conjunto de derechos y valores materialistas. Esto significa que mientras en Europa y en América del Norte, los ciudadanos postulaban y postulan la autoexpansión del yo y, para lograrlo, exigían y exigen menor autoridad en la casa, en la sociedad y en el Estado así como otras condiciones que les permitan un máximo desarrollo de su individualidad, en Asia, Africa y América Latina, los ciudadanos seguían y siguen exigiendo empleo, mejores condiciones de vida y de trabajo, salud, educación, seguridad. Esto significa también que mientras los ciudadanos de Norte demandan una mejor calidad de vida, los del sur están sumergidos aún en la lucha por tener un adecuado nivel de vida. El norte quiere vivir a plenitud, mientras el sur trata de sobrevivir.

Según Inglehart, esta brecha cultural constituye una especie de punto de ruptura que ha permitido el tránsito de la etapa moderna a la posmoderna en el mundo contemporáneo. La literatura posmodernista sugiere algunos rasgos específicos de esta nueva etapa histórica: Del énfasis en la eficiencia económica, la autoridad burocrática y la racionalidad científica, que caracteriza a la modernidad, las sociedades desarrolladas se mueven hacia una situación más humana con más espacio para la autonomía individual, la diversidad y la autoexpresión. La posmodernidad se está desplazando del funcionalismo estandarizado y el entusiasmo por la ciencia y el desarrollo económico que dominó la sociedad industrial en la era de la escasez, hacia consideraciones estéticas y humanas incorporando elementos del pasado en el nuevo contexto.

El mundo desarrollado o, por lo menos gran parte de él, está moviéndose en una trayectoria diferente de la que ha estado siguiendo desde la revolución industrial. En esta nueva trayectoria postmoderna, la racionalidad económica determina menos estrechamente que antes la conducta humana, la esfera de lo posible se ha expandido y los factores culturales se han hecho más importantes. Un cambio cultural empíricamente demostrable está produciéndose. Las grandes metanarraciones religiosas e ideológicas están perdiendo su autoridad entre las masas en el mundo desarrollado. La uniformidad y la jerarquía que se formó en la modernidad está cediendo ante una creciente aceptación de la diversidad y la creciente dominación de la racionalidad instrumental que caracterizó a la modernización está cediendo también ante un gran énfasis en la racionalidad comunicativa y la calidad de vida.





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